Canta sin miedo.



Iba yo caminando por la misma calle de siempre, a la misma hora de siempre; y acompañada de la misma soledad de siempre. 
No tenía prisa, ni siquiera sabía muy bien a dónde me dirigía; las piernas caminaban sabiendo que al final del caminar se encontraba un supuesto destino, pero sin hora previa de llegada. 
Me entretuve mirando cada rincón de los bonitos escaparates que adornaban la fría y oscura noche. Maniquíes de madera me miraban con sus inexpresivos ojos y sus falsas sonrisas. Me sorprendió averiguar como una luz puesta de manera adecuada o de forma aleatoria puede hacer de un rostro artificial algo espeluznante y terrorífico. Una sensación vacía me recorrió la espalda; y metí las manos en los bolsillos de mi abrigo debido al frío que sentí.

Entonces los encontré, sin saber si quiera que estaban ahí: mis auriculares. 
Los saqué de su pequeño escondite y los conecté a mi móvil para escuchar algo de música de camino a mi misteriosa meta. Busqué una canción y le di al play. 
De repente, la calle absorbió toda la luz que desprendía la única farola que había en escena, los colores se hicieron más vivos y en el vaho que salía de mi garganta al respirar quedaba escrita la letra de la canción. Los maniquíes ya no eran horribles figuras dispuestas a ser protagonistas de mis pesadillas más profundas, eran meros coros de mis estribillos al cantar.

Es increíble como una nota musical puede cambiar la perspectiva de las cosas. 


0 comentarios:

Publicar un comentario